domingo, 29 de agosto de 2010

El 26 de agosto nos dejó Pepe Jiménez García. Había nacido en Barbate, y a temprana edad arribó con su familia a Cádiz. Su madre, viuda, regentó una pensión con la que sacó adelante a Pepe, y a sus hermanos. Pronto se mostró inclinado a participar en las reivindicaciones del tiempo de la Dictadura. Con otros parados, protagonizó el encierro de 1978. Aquella fue una manifestación de protesta integral, en la que se unía, a la disconformidad de los encerrados con la penuria del mundo del trabajo, la protesta por la falta de libertades. El militante obrero que era ya conoció la HOAC, un movimiento obrero cristiano que, desde los cuarenta, venía formando trabajadores que luego se integraron en las organizaciones sociopolíticas y sindicales que tanto contribuyeron al advenimiento de la democracia. En la HOAC, comprendió Pepe que los valores de justicia y solidaridad por los que él venía luchando, tenía un marcada referencia en el Evangelio, y descubrió que un militante obrero podía seguir a Jesús siendo también militante cristiano.


Coherente con el compromiso que le sugería la HOAC, se afilió a la UGT y, en calidad de miembro del comité de empresa, participó en las movilizaciones del sector de trabajadores públicos del Ayuntamiento de Cádiz, entidad en la que trabajaba como electricista. Por su tesón y convicciones llegó a ser secretario general provincial de su federación en el sindicato ugestista. Mientras, simultaneaba la actividad laboral y sindical con la militancia en un equipo de la HOAC. La Asamblea de la HOAC lo eligió su Presidente General. En los cuatros años en los que detentó el cargo potenció la misión de la HOAC en la Iglesia y en la sociedad y las relaciones internaciones de la organización.


Finalizado el periodo de representación en Madrid, Pepe Jiménez regresó a Cádiz y continuó su tarea militante, principalmente en la HOAC diocesana. Poco a poco la esclerosis múltiple, con la que ha luchado durante quince años, fue dando la cara.


Aún así, asistía a reuniones, intervenía en debates, preparaba y daba cursillos por buena parte de la geografía española, a pesar de las limitaciones que le imponía la enfermedad. Este incansable dinamismo nos hacía creer que Pepe iba a vencer el desafio más importante de su vida. Sin embargo, la silla sustituyó al bastón y la cama a aquella, su último medio de locomoción. En todas estas etapas, seguía manifestando la misma entrega a los amigos y compañeros.


Fue un apasionado del Mundo Obrero, firme defensor del sindicalismo de clase como instrumento liberador al servicio de los hombres y mujeres del trabajo, y apostó firmemente por su familia: Margarita, su mujer, que con tanta entereza le ha cuidado y acompañado en estos años; y sus hijos, Sara, Jose y Belén. Cuando su maltrecho cuerpo no pudo más, les pidió permiso para morir, se despidió de todos sus familiares, no si antes disculparse por no haber podido responder con más fuerzas. Y se entregó en manos del Padre, como a él le gustaba llamar frecuentemente a Dios.


Creyentes y no creyentes que le hemos querido , le dijimos hasta siempre en una eucaristía celebrada en su parroquía de San Sebastián, en Puerto Real, localidad en la que vivía últimamente. Dimos gracias por la vida que él tan generosamente nos donó con su decidido compromiso por los más debiles del mundo obrero.


Descansa en paz, Pepe Jiménez; siempre estarás en nuestro recuerdo.

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